Los adioses

Nos vimos directo al corazón
con profunda intención de mirada franca
para descubrir irremisiblemente
que, de nuestro amor tan verdadero,
ahora, tan sólo, permanecía la inexistencia.

Entonces nos dimos, cada uno, la media vuelta
para dejar el pasado pasado
al lado de un par de almas muy zaheridas.

D. R. © Ernesto Cisneros Rivera. 2010.
México, D. F.

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Arturo Cisneros Canto, segunda serie (VI y último)

El miércoles 18 de septiembre de 1963, en la Ciudad de México, a los 76 años de edad, dejando una joven esposa de 40 años, María Guadalupe, dos hijos de 11 y 10 años de edad, Arturo y Gonzalo, y un bebé de escasos año y medio, quien esto escribe, falleció don Arturo Cisneros Canto a las 3 de la mañana, víctima de un dolorosísimo y cruel cáncer de páncreas. Como siempre que alguien grande se va, se reconocieron de manera tardía sus méritos y aportaciones al país y sus amigos íntimos y leales hicieron los panegíricos laudatorios. La prensa y la radio dieron la noticia de su fallecimiento. El tiempo se encargó de ir diluyendo su recuerdo, que ya sólo quedó en su familia cercana, su viuda y sus 6 hijos sobrevivientes. Lo último que resta agregar acerca de mi padre don ARTURO CISNEROS CANTO (Izamal, Yucatán; 24 de abril de 1887-México, D. F.; 18 de septiembre de 1963), es que fue un primerísimo abogado yucateco y mexicano, así como un ilustre forjador de su Estado y de su país. La herencia que nos legó a todos sus hijos fue la honestidad, la honradez, la lucha por la verdad, la defensa de la justicia, un intenso amor por la cultura y un gran respeto por México. No dejó bienes materiales ni propiedades de tipo alguno, apenas una escasa pensión para su viuda y sus tres hijos menores, y un modesto seguro de vida; por lo que fue labor de María Guadalupe sacar adelante con arrojo y determinación a la familia que quedaba detrás.

Arturo Cisneros Canto; México, D. F._1960

La última foto de don Arturo, en México, D. F., 1960.


Sin mi padre y sus aportaciones, muchas cosas positivas de este país no podrían existir y eso es a fin de cuentas lo más importante… aunque nadie se acuerde de él o siquiera sepa quién fue. Como siempre en la vida de México, de los muchos que brillan, pocos son los que lo hacen por méritos propios, puesto que la mayoría se reduce a simple oropel. Al menos, su descendencia (la viva y, en su tiempo, la ahora ya fallecida) procuramos ser un testimonio de su calidad humana y de su gran intelecto y moral:

sus hijos Julia María (+), Arturo (+), Álvaro (+), Elsa Yolanda y
Addy Emy (+) Cisneros Córdoba; y
Arturo, Gonzalo, Patricia Alejandra (+) y Ernesto Cisneros Rivera;
sus nietos María del Carmen, Ignacio, Arturo, Susana y
Elsa López-Bancalari Cisneros,
Sandra Marisa Chauvet Cisneros,
Ana Gabriela y Arturo Cisneros Martínez del Campo,
Susana, Emilio y Diego Cisneros Justiniano;
sus bisnietos Sandra Michelle Begué Chauvet,
Andrea, Teresa y Arturo López-Bancalari Recamier,
Bruno e Ignacio López-Bancalari Regueiro,
Martina y Camila Chávez López-Bancalari, y
María Fernanda y Mariana Ugalde Chauvet; y
sus tataranietos Bruno Almazán Begué y Valentina López Begué.

Baste cerrar este homenaje realmente modesto (ante la magnitud del varón que fue) con una expresión típica de don Arturo: “Quien no lucha por sus derechos, no tiene razón de merecerlos.”

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Arturo Cisneros Canto, segunda serie (V)

Don Arturo Cisneros Canto, 1948.

Don Arturo, en la Av. Madero de la Ciudad de Morelia. 1948.

Teniendo que ver y proveer para su familia, trató de desenvolverse en la abogacía privada, pero no fructificó el plan, y al ser un hombre honorable que siempre vivió de su trabajo y esfuerzo, comenzaron a mermarse sus economías, por lo que en el lapso de dos años quedó totalmente en la ruina. Hubo que malbaratar casa, biblioteca, discoteca y todos los objetos de valor, quedándose apenas con lo indispensable para sobrevivir sus tres hijas (Julia, Elsa y Addy), su esposa María del Carmen y él. Dicen por ahí que las desgracias no vienen solas y en su caso fue un hecho. Doña Carmen cayó enferma de cáncer de mama y murió en 1945, tras más de 30 años de matrimonio. En el transcurso del deceso, nuestro personaje recurrió a sus amigos leales y uno de ellos, antiguo compañero ministro y a la sazón presidente de la Suprema Corte (don Salvador Urbina), aprovechando que había un nuevo mandato presidencial (el del gral. Manuel Ávila Camacho), lo atrajo de nuevo a la Corte, aunque para recomenzar desde el nivel de funcionario más bajo: el de Juez de Distrito. Durante más de cinco años estuvo cubriendo diversos interinatos de juez por diversas ciudades del país. En ese lapso; aparte del deceso de su esposa; sus dos hijas Addy y Elsa se casaron y su hija mayor, Julia, recién doctorada de la Universidad Ludwig Maximilian de Munich, Alemania, empezó a ejercer su profesión médica a su regreso a México. Para 1947, fue enviado al Juzgado de Distrito de la ciudad de Morelia, donde pareció que iba a establecerse en definitiva. El destino dio una vuelta de tuerca a su vida y tuvo la bendición de conocer en el juzgado a una joven inteligente, sensible y de gran espíritu (María Guadalupe Rivera Chávez), con quien entabló amistad y luego una relación afectiva, terminando por casarse en julio de 1949. La diferencia de 35 años de edad que él le llevaba, más su fuerza de carácter y temperamento poco concesivo, hicieron de aquella unión un proceso con muchos altibajos que duró 14 años y en el que se procrearon los hijos varones que tanto ansiaba él y que se habían malogrado en su primer matrimonio.

Doña María Guadalupe Rivera Chávez y don Arturo Cisneros Canto, 1948.

María Guadalupe y Arturo, ya comprometidos, en Av. Madero de Morelia. 1948.

En 1951, su vida dio un último giro profesional, pues por la cantidad de trabajo que se acumulaba en la Suprema Corte, hubo necesidad de reformar su ley interna y se crearon nuevas instancias para la resolución de casos: los Tribunales de Circuito. Don Arturo fue ascendido a magistrado de circuito (el rango inmediato inferior a ministro de la Corte) y se le asignó a la ciudad de Monterrey. En 1958, fue transferido a la Ciudad de México, al Tribunal del Primer Circuito, ubicado en el edificio de la Suprema Corte, por lo que en sus últimos años regresó a donde había tenido sus tiempos de gloria. Su vida personal estuvo dividida entre dos familias: sus hijas del primer matrimonio y su segunda esposa con los tres hijos varones (Arturo, Gonzalo y Ernesto) que ella le dio (pues en este enlace se malograron unos gemelos antes de tiempo y la única hija, la bebé Patricia Alejandra), lo que provocó no sólo tensiones para él y todas las partes involucradas, sino que de alguna manera acabó por hacer infelices a todos.

Su calidad de gran jurista y abogado, su tenacidad e intolerancia para la corrupción e injusticias, su honorabilidad y valía profesionales siguieron vigentes hasta el último día que vivió, pues estuvo trabajando (en condiciones de salud difíciles) hasta un mes y medio antes de fallecer por causa de un cáncer. Su influjo jurisprudente también quedó en la mente y el ejercicio de infinidad de abogados (individuales y asociados), que siempre recurrieron a su consejo sabio y fino, representando de alguna manera el grupo privilegiado de sus discípulos; enseñanzas y asesoría que llevaron tanto a sus prácticas privadas como públicas, ya que no pocos llegaron a ocupar importantes cargos dentro del servicio público de México.Testimonios escritos de sus aportaciones para una mejor impartición de justicia en este país (en su calidad tanto de ministro como de juez y magistrado) han quedado registrados en los anales y diversas publicaciones de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, así como en las múltiples notas periodísticas guardadas ahora en la Hemeroteca Nacional, y que están para la consulta de cualquiera persona.

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