A que no sabemos leer poesía

¿Sabes leer poesía? Y me refiero a leer; no a declamar o recitar, que serían más bien dos maneras teatralizadas de leerla en voz alta y que, desde mi perspectiva, funcionan sin problema para el teatro (se entiende que el escrito en verso)… nada más. ¿Y tienes acaso idea de cómo debe leerse la poesía?

A primera vista, parecieran dos preguntas poco relevantes, pero resulta que tras mis dos reflexiones sobre el presente y posible futuro que pudiera esperar a la creación lírica (Poetizar o no poetizar, he ahí la cuestión y Poetizar o no poetizar, sigue la cuestión) me surgieron algunas inquietudes más en torno y una de ellas es el hecho de que el no saber leer versos, por un lado y la declamación o recitación (tantas veces exageradas), por el otro, son dos de los inconvenientes para alejar a los lectores de este género. Parte del problema se origina desde la escuela, donde es poco el acercamiento que se da hacia la poesía, amén de que muchas veces va aunado al “fantasma” de la memorización y recitación. ¿A qué niño le gusta pasar por tamaño tormento? Y no se diga además que los poemas elegidos tienden a ser los menos adecuados para infantes o los ejemplos más cursis y acaramelados (nacidos durante la explotación trasnochada del romanticismo del siglo XIX, en el mundo iberoamericano). Queda claro que con ello se cierra de una vez y para siempre cualquier apertura hacia la poesía. Al final, nadie aprende así a leerla, es decir, a lo forma correcta en que ha de leerse.

Yo fui una de esas víctimas en mi primer año de estudios secundarios, cuando mi profesora de español (de cuyo nombre no interesa acordarme) obligó a todo mi grupo a la memorización de un poema (que a la fecha me sigue pareciendo edulcoradísimo y chocante) del escritor mexicano Luis G. Urbina (1864-1934), con la temida promesa de que elegiría al azar a algunos de nosotros para que pasáramos al frente a declamar el poema (eso significaba que debíamos recitarlo de memoria con todo y la gestualidad para resaltarlo). A la siguiente clase, ¿quién creen ustedes que fue uno de los elegidos? ¿Recité de memoria? Pues sí, hice lo mejor que pude, porque a pesar de la experiencia yo ya era lector de poesía y lo disfrutaba. ¿Declamé el poema, braceando a gusto y con toda teatralidad? Ni por asomo… como tampoco lo hicieron ninguno de mis torturados colegas que tuvieron que pasar al frente (para regocijo del resto del grupo). Algo que no pasaría más allá de una anécdota chusca y que no era inhabitual, se convirtió en caso cerrado para varios de mis compañeros y amigos del salón, pues prácticamente nadie se acerca hoy día a la poesía. Dejó de ser chistosito, ¿no?

Para leer poemas no hay que tomar un diplomado o pasar por un postdoctorado, aunque tampoco es un moco de pavo. Lo primero y que parece ser tan evidente es que a los versos se les lee en voz alta (dije voz alta y no, a voz en cuello). ¿Por qué o para qué? me preguntarán algunos de ustedes. La respuesta es sencilla: la poesia nace acompañada de música, y en sus remotos orígenes o se cantaba o se recitaba con acordes de algún instrumento de cuerda pulsada. Y no se trataba de una monería de la época. La cosa es que los versos siguen el ritmo natural de la lengua en que se escriben, destacando los sonidos de las palabras, siguiendo su acentuación y resaltando la entonación de los mensajes que transmiten. Para ello, acomoda las ideas en una cierta longitud de sílabas y, por mucho tiempo, perpetró la consonancia de las sílabas finales de cada verso, a determinados intervalos, para recalcar toda esa musicalidad natural de las lenguas (rima). Por todo esto, si es música hablada (por tratar de describirlo de alguna manera) debe oirse y esa lectura en voz alta debe seguir una cierta línea melódica. ¿Cuál? Pues la que nos va señalando tanto el acomodo de palabras que el autor ha facturado en cada verso como el sentido que transmiten esas palabras unidas, y que viene a ser a fin de cuentas el contenido del poema.

Detectar los acentos y el ritmo de cada verso o conjunto de versos dependerá de qué tan avezados seamos en la lengua en que estén escritos y también en qué tanto oído musical poseamos. Hay quienes son una tapia (o como decía un antiguo profesor de música y compositor mexicano, Alfonso de Elías: “Tienes oído de tepalcate.”) y les costará más trabajo escuchar esa línea musical que tiene la poesía (más fácil de hallar en los versos con métrica fija y rimados). Entendido esto, queda sólo aclarar que la lectura en voz alta de poemas se hace despacio (que no lento; no pretendemos dormir a nadie), haciendo las pausas donde el texto y los mensajes nos lo van señalando (a veces, con los signos ortográficos de puntuación), de forma tal que vaya entrándonos por el oído cada frase musical que el verso o el grupo de versos representan. ¿Por qué si no creen que cantamos usando idiomas? De lo contrario, sólo nos servirían para hablar y escribir, y cantaríamos con balbuceos, gemidos o cualquier otro tipo de sonido. En resumen: leer en voz alta, despacio, marcando el ritmo que nos demanda cada verso, respetando los acentos de la lengua de creación (los de cada palabra y los naturales a cada frase y oración), pausando donde lo pide el texto (también para tomar aire, salvo que deseen ponerse azules), con naturalidad (sin recitar como periquitos o, pero aún, declamar con exagerada entonación), para permitir que el poema y la lengua en que está escrito penetren en nuestro cerebro y hagan lo suyo en nuestra alma… No hay de otra, así debes leerla y no, como si tuvieras diarrea verbal (con apuración, sin pausas y sin respetar entonación y acentos, y con una dicción de los mil demonios), aun cuando el contenido no te entre. Por algo se comienza. Si empezamos a gustar de la musicalidad en la que se funda la poesía, nos haremos aficionados a ella y de ahí a que brinquemos al entendimiento de su contenido, es algo de menos complicación.

Como este proceso (igual que todos los que merecen el esfuerzo) no es mágico ni de la noche a la mañana, puede implicar que algunos hagan mutis por la izquierda (conociendo esta era del rápido y lo inmediato). Pero bueno, el acabose es si tampoco hay una buena lectura de prosa (vaya, no se separan los mensajes, no se hacen pausas y mucho menos se da entonación); la cosa se nos complica entonces, por no decir que estamos jodidos (y créanme que sé de lo que les hablo, pues es algo a lo que luego me enfrento en mis clases con algunos de mis alumnos).

El esfuerzo que significa este comienzo recompensa porque nos sensibiliza al acercanos a la riqueza lingüística y espiritual que es la poesía; nos hace respetar y querer más a nuestra lengua materna y a las extranjeras en las que también la leamos; y nos abre un universo imponderable de ideas, emociones y sentimientos que ningún otro género literario nos aporta. A que no sabíamos leer poesía, ¿o sí? Si tu respuesta es afirmativa, entonces quedaría pendiente el descubrir si sabes entenderla o no.

Antes de cerrar este post, aprovecho por último para recordarles que hasta este miércoles sigue abierta la encuesta del jueves pasado (Conozcámonos mejor) y que es muy importante la participación de todos ustedes (escritores o no), así que les pido que se tomen un tiempito y me hagan el gran favor de responderla. Gracias, que es para bien de este blog.

D.R. © Ernesto Cisneros-Rivera. 2017
Ciudad de México
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Un comentario

  1. De acuerdo, como siempre con tus palabras.
    Como contribución te digo qu aquí, en Uruguay hay un estilo que se llama poesía criolla, en que la teatrealidad es al máximo, con gestos gritos y a veces llanto.
    Antes yo mismo la interpretaba con guitarra, y hay buenas letras.
    Pero me temo que sin esa “decoración” le faltaría algo.
    Alguna vez voy a poner alguna. Creo que puede gustar.
    Un abrazo.

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