De cómo quedó el escenario

Y que decido bajar el telón. ¡Cómo?, pensarán ustedes. Bueno, no del todo, pero digamos que los dos primeros actos de mi efervescencia dramática habían concluido y se impuso el intermedio antes de continuar la representación. ¿Qué me dejaron mis experimentos con la dramaturgia? Pues un manejo bastante dúctil del diálogo, tanto así que fue algo que pude intercalar sin mayores dificultades en mis narraciones. Algunos añitos después, tras mis estudios universitarios, me di a la tarea de escribir una novela en la que la mitad de ella o algo más estaba en puro diálogo. Vino así un período de varios años en los que me enfoqué en exclusiva a la narrativa (novela, mi único guión -que fue pensado para radio- y un ensayito por ahí), sin que por ello me olvidara del teatro, pero sólo en plan de lectura y de asistencia a representaciones, quedando por ahí la intención de retomar su escritura para más adelante.

Para esta época, ya era sabido de mi familia (madre y hermanos) que me metía a concursar, por lo que recibía todo su apoyo y parabienes. Fue también un período en que esa terquedad rindió frutos y conseguí mis primeros reconocimientos oficiales… un breve listado de menciones honoríficas (no sé qué fijación se dio entre ellas y yo), salvo el segundo lugar que obtuve con mi guión para radio (que tuvo de trasfondo la difusión de la ópera; para no creerse, ¿verdad…?). Estas experiencias, ya sin la ingenuidad de antaño, fueron un acicate al escritor para crear a marchas forzadas y con fecha de entrega mis textos; los que siempre fueron enviados en la fecha límite. ¿Y el teatro, Ernesto? ¿Ya nada de nada? Bueno, en la mente traía caminando un par de proyectos; aunque tardé todavía algún tiempo en plasmarlos; así que sí había algo por ahí.

Cabe aclararles aquí que por muchos años fui un escritor errático, contrario a la disciplina “obligada” de escribir diario y de escribir una cierta cantidad de texto. No me sentía cómodo con ello y no creía en ello. Sabía que era el método que mantuvo Víctor Hugo toda su vida creativa y que ello resultó en páginas gloriosas, pero también en verdadera bazofia (muy Víctor Hugo, pero es la verdad). Así que mi método de escritura era por temporadas, en tanto que en otras la pluma nomás no se movía (lo cual no implicaba que mi mente dejara de hacer literatura; ésa siempre ha tenido vida propia). Además, no están ustedes para saberlo ni yo para contárselos, pero pasé por un par de periodos de absoluto silencio motivados no por procastinar sino por eventos de salud física y conflictos esmocionales muy serios, en los que pensé en dejar mi creatividad por la paz y para siempre. No obstante, no se puede esconder lo que se es ni mucho menos ignorar, puesto que se vuelve una losa en extremo pesada.

Bueno, tras este testimonio de dramático efecto (¿ven cómo no puedo deshacerme del género?), mi fidelidad a la ópera me volvió a despertar el gusanito de escribir teatro, pero ya con la certeza de una visión más experimentada y sólida; fue así que llevé a cabo dos proyectos acariciados de tiempillo atrás y que a la fecha son mis dos piezas teatrales de mayor envergadura.

Hay ciertos conceptos morales que me son indiscutibles, como ser humano y como escritor: la libertad, la justicia y la verdad, y en muchos casos ellos han sido la inspiración para mis obras (del género literario que sean). Por otro lado, la historia es una de mis áreas de interés y como por razones emocionales además me siento ligado a Yucatán, pues que me lanzo a escribir un drama en donde concentré el ansia de libertad que llevó a un intento de independizarse del dominio español en la península yucateca a principios del siglo XVIII. Entre personajes históricos y ficticios, desarrollé una trama donde se fue desentrañando todo ese proceso para llevar a cabo un movimiento armado bastante formal (que de haber triunfado, hubiera cambiado desde un siglo antes la historia de España y de México), centrándome en las ideas y emociones de los participantes, y dando un final trágico a la historia (los happy ends sólo los tolero en películas románticas intrascendentes). Desde el largo periodo de investigación para reunir toda la información histórica al respecto, así como del entorno socioeconómico, político y cultural del Yucatán de esa época, hasta los detalles de la vida cotidiana, las costumbres, el vocabulario yucateco (pleno de términos mayas), el vestuario de las distintas clases sociales, la gastronomía, etc., etc., etc., fue de un disfrute indescriptible, ya que conforme iba avanzando en el proceso iba figurándome con más definición y a mayor detalle mi obra teatral. El camino de redacción fue largo y complicado al buscar unir la historia con la ficción en una pieza dramática. No quería aparecer panfletario ni tampoco hacer una obra de tesis, sino lograr un drama creíble en donde un hecho histórico era la base para desarrollar el tema de la libertad y la psicología de los personajes a favor y en contra de ella. La revisé con mucho cuidado y pasó su última lectura con mi madre (mi mayor fan y mi lectora cero, como le dicen en España, más puntual y desapasionada que pudiera desearse, al contrario de lo que se pudiera pensar) y así le di mi bendición de autor. ¿Les comenté en algún momento mi afán por andar concursando? Pues entonces ¿qué creen? Sí, sí, atinaron. La metí a concurso y fue al ya susodicho Premio Nacional de Dramaturgia. Corría el primer lustro de la década de los 1990 y México se había puesto en los ojos del mundo por el surgimiento de un grupo armado llamado EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional) dirigido por un misterioso subcomandante “Marcos”; el cual estuvo a punto de desestabilizar al país, aunque al final sólo originó un temblorcillo en las cúpulas del poder. Y heme aquí que yo voy saliendo con una obrita que manejaba la idea libertaria por medio de una lucha armada… ¿Necesito explicarles más…? No quiero decir que mi pieza fuera digna de ganar, pero no hubiera sido políticamente correcto que lo hubiera logrado (eran épocas en que el poder mexicano cuidaba mucho de poner candados a la libre expresión). Así pues, El estado permanente, título con que muy a conciencia bauticé mi drama, pasó a registro en derechos de autor y, luego, al cajón de mis inéditos.

El segundo drama tuvo la intención de cumplir una deuda moral con la cultura griega clásica, a la que me aficioné sin mayor razón desde mi infancia y a la que sigo amando con absoluta fidelidad. De las obras homéricas, siempre he sentido una fuerte filiación con la Odisea, que más que un poema es una novela en verso; y sus personajes y trama siempre me han sido nutritivos. Así pues, tomando como influencia la esencia de la tragedia griega, escribí un drama sobre el regreso de Odiseo a Ítaca y su relación con cada uno de los personajes femeninos que lo retuvieron de retornar, al igual que desarrollé el entorno de espera, fidelidad, abandono y desesperación que vivieron, por su retraso, su madre, su hermana, su esposa y su hijo. Fue un proyecto que me llevó a releer con enorme esmero la Odisea y a investigar todo el sistema de vida, costumbres y cultura de la antigúedad griega (alrededor del 1200 a.C.). De nuevo, fue un proceso lento que disfruté a rabiar y que fructificó en una pieza en dos actos a la que llamé “Retorno a Ítaca” (de la que una vez más mi madre fue mi lectora cero). Un punto en común entre ambas obras fue que me esmeré en situarlas en sus épocas precisas mediante vestuario, comida, y mobiliario (en El estado permanente, ya que para “Retorno a Ítaca” dejé un manejo escenográfico que ayudara a resaltar sus emociones mediante juegos de luces y cuatro columnas movibles). Entre ambas obras habían transcurrido un par de años, por lo que una vez más me lancé a meterla a concurso en el mismo premio nacional. Mi intención al hacerlo era que, si llegaban a obtener el galardón, ello me permitiría el sueño de verlas representadas. ¿Y fui premiado? Si tuvieron algún tiempecillo ocioso y ya revisaron mi subpágina de distinciones, sabrán la respuesta.

Me costó mucho esfuerzo intelectual y emocional el crearlas y, al ser las primeras obras dramatúrgicas con las que me sentí conforme, es pues que las considero mi paso firme dentro de este género literario. Mi inquietud por revisarlas y perfeccionarlas me llevó a hacerles, en distintos momentos posteriores, varios ajustes, hasta que “Retorno a Ítaca” quedó en su forma definitiva hace cosa de diez años (tras la lectura desapasionada de un amigo que se interesó por la trama y que me sugirió varios aspectos interesantes para agregarle) con el título final de Ítaca. (Abro un mínimo paréntesis para comentarles que, curiosamente, si mal no recuerdo, al año siguiente de que metí “Retorno a Ítaca” a concursar salió a escena una obra con el título de “Regreso a Ítaca”. A la fecha no sé si fui plagiado, si fue coincidencia, si qué pasó. No quise averiguar más, pues no tenía registrada mi obra y no quise meterme en honduras. Quizá soy paranóico y aún me hallo en fase de negación.) El estado permanente está desde hace algún tiempo en lo que creo será su última revisión; pero el proyecto continúa a la espera y cristalizará en su momento, ni antes ni después.

El toparme hace cosa de nueve o diez años con un blog sobre una revista que promocionaba la creación de teatro en formato hiperbreve (en específico, monólogos y soliloquios), a cargo de un escritor cubano y otro mexicano, avecindados en España, y el hecho de que cada año promovieran un concurso de teatro hiperbreve, me llevó a experimentar con esta variante dramática, a concursar y a obtener mis últimas… menciones honoríficas (jajaja). Para el primero tomé una escena de Ítaca, que es un largo soliloquio de Calipso, y lo ajsuté para que quedara dentro de los parámetros exigidos para la pieza hiperbreve, y lo llamé Calipso. El segundo fue una creación nueva, La culpa de Descartes. Como la ductilidad de este subgénero dramático me gustó, es que escribí algunos monólogos más por el estilo, que me han dejado muy satisfecho. Todo esto ha venido a resultar en que mis proyectos futuros son el desarrollar estos textos definitivos en versiones más largas y en explorar un poco más el monólogo dramático. ¿Y sobre la ópera ya nada de nada, Ernesto? Ajajá, qué dijeron. Por supuesto que mi operafilia persiste y ha motivado en mi cerebrito (la loca de mi casa que nunca para, la cabrona) el proyecto de un libreto en verso para una ópera de cámara sobre uno de mis senseis literarios, Xavier Villaurrutia, y su relación con el pintor Agustín Lazo, en torno al momento de la peculiar muerte del primero. Tan tán. Por ahora esto ha sido todo (que tampoco ha sido tanto), así que sólo queda pasar a oscuros. Telón.

D.R. © Ernesto Cisneros-Rivera. 2017
Ciudad de México
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13 comentarios

  1. No sabía lo de las obras teatrales que iluminaron tu obra.
    Yo me limité a escribir un capítulo del Quijote que apareció en primera página del libro homenaje, publicado en España, por los 400 años.
    Pero con los griegos no me he animado por los modismos.
    Ahora estoy con una novela policial sobre un teólogo y está llena de cosas reales e increíbles sobre la religión.
    Pero todavía me falta.
    Un abrazo.

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  2. Es evidente que la inquietud literaria te ha podido y te puede, Ernesto, y como nos estás dejando ver, en varios campos de la literatura que has abordado siempre con mucha pasión y esmero.
    Muchas gracias por compartir tu biografía personal (en capítulos anteriores) y ahora la literaria. Todo ello muy interesante.
    Que disfrutes de un buen día. Un fuerte abrazo.

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  3. Creo que “esto” ha sido bastante, ha sido mucho. Has trazado una semblanza tuya como autor que ha sido un placer leer. Supongo, además, que se ajusta a la realidad. Ya sabes que los escritores tendemos a fabular. Tú mismo hablas de la loca de la casa, sin la cual qué haríamos y con la cual no sabemos qué hacer algunas veces.
    He leído los textos dramáticos que citas y me parecen de una gran calidad. Me parecen dignos de ser llevados a escena. Un abrazo.

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    • Gracias, Antonio, por tu generosa valoración de mi trabajo. En efecto, lo contado se ajusta a la realidad, a un fragmento de ella (pues no he compartido aún mi desarrollo literario dentro de la narrativa, que es otra historia y, además, no para este blog).

      La loca de la casa es nuestro acicate, pero también nuestra némesis, nuestra vida y nuestra muerte,

      Abrazobeso cairñoso y fraternal.

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  4. Mi estimado Ernesto, como tu sabes, yo no soy escritor, no tengo ese maravilloso don y además soy un mal lector, pero lo que leo de ti siempre me regodeo al sentir la emoción, el sentimiento y las vivencias vividas que plasmas en tus narrativas. ,
    Solo te puedo decir gracias por convidarme de tu maravilloso trabajo.

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  5. Me parece tan interesante tu vivencia, tu experiencia, me dejas con la boca abierta… Siempre me ha gustado el teatro, incluso una vez escribí una obrita que representamos en el instituto donde yo estudiaba el bachillerato, Santa Casilda, basada en su vida en Toledo y en su recogimiento ermitaño en Burgos… Fue una gran vivencia preparar la obra, escenarios, actores, etc. Tú me has hecho recordarlo ahora. Gracias amigo y mi felicitación por tu amor a la Literatura. Mi abrazobeso fuerte.

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