Y que me quedo en el drama

Como les comenté en el post donde compartí mi encuentro con el teatro (De cómo llegué al drama y otras cuestiones relativas), mi panorama ante este género se vio enriquecido con mi cuasi genética melomanía operística y, desde ese instante, ambas vertientes fueron creciendo y formalizándose en mí. Se amplió exponencialmente y de manera pronta mi gusto operático tanto en obras como en autores y épocas, lo que despertó mi imaginación hacia el proyectar la creación de libretos que pudieran servir como base para una composición del arte lírica. Estos ensayos no partían de cero, sino que representaban mi adaptación de obras narrativas (novelas) para volverse historias cantables. En sí, no escribí libretos tal cual, sino que me dediqué a preparar esquematizaciones donde daba tesituras de voz a los personajes de las novelas que me incitaban a volverlas ópera y organizaba en actos representables las tramas. Por ese época, principios de la década de los 1970, ya estudiaba música de manera formal, y empecé a fantasear con la idea de llegar a componer esas obras. Fue la época en que también mi vena artística y creativa se vio ante la disyuntiva de elegir la literatura o la música como proyectos de vida (agrego que para esos años estaba ya en el inicio de mi adolescencia), y que fue una disyuntiva que me acompañó por mucho tiempo, llevándome años después a la poco sensata idea de querer sostener ambas vocaciones a la limón (lo cual no es viable en la vida real, y creo que no necesito explicarlo pues, aunque sea de modo somero, a todos queda claro lo demandantes y celosas que son las dos). La realidad me forzó a entrar en razón y prevaleció la escritura, quedando la música como una profunda afición.

A la par que crecía mi formación musical y se definían mis gustos peculiares al respecto, fui sumergiéndome cada vez más en devorar obras dramatúrgicas; fue como me atraparon en sus redes, para siempre, Federico (¿necesito especificar cuál?), Ibsen, Shakespeare, Casona, Jardiel Poncela, los Álvarez Quintero, Chéjov, Villaurrutia, Novo, Rostand, Maeterlinck, Wilde, Usigli, Calderón, Sor Juana; además de los ya mencionados en el post anterior; y para qué seguirle más. Con cuanto autor consagrado y con el que me sentía identificado por el manejo de sus tramas o por la construcción de sus piezas o por la creación de personajes (muchos ya con rasgos arquetípicos), o por todo ello junto, de la nacionalidad que fuera, se volvió en inspiración para mí. Cabe que haga aquí un breve paréntesis (sí, ya sé que estarán leyendo esta acotación con incredulidad, porque luego no peco de brevedad), bueno repito que hago un breve paréntesis para comentarles que toda mi dramaturgia es una serie de escenas que van representándose en mi mente conforme las voy escribiendo, rescribiendo, corrigiendo y dándoles mi bendición final (que nunca definitiva… como el grande José Emilo Pacheco, nunca quedo al ciento por ciento satisfecho con lo que doy por concluido; así que no es infrecuente que con el paso del tiempo lo vuelva a revisar o decida darle su R.I.P.). Visualizo a los personajes con los actores que me encantaría que los representaran o como seres imaginarios, en la escenografía y con la iluminación y vestuario que a mí me gustaría, así como con el movimiento escénico y actoral que (desde mi percepción) debería tener mi obra. Agréguenle que siempre voy revisando en voz alta, actuando en voz (como les participé en la anterior testimonio-reflexión). Lo bueno de ello es que nunca hay nadie a mi alrededor para divertirse con lo ridículo que he de verme gesticulando mientras actuó llorar, reir, indignarme, enojarme o cuanta emoción requiero de mis personajes; de ese modo, creo además un vínculo emocional profundo y entrañable con ellos. Eso sí les aclaro que no con esto quiero indicar que me solazo en la lectura de mis textos; para nada. Odio regodearme en mis obras (líricas o narrativas), pues ya se de qué van y en qué habrán de terminar. Una vez paridos mis hijos literarios, que rueden mundo. Mi disfrute es con la lectura de ajenos.

Como es probable que lo imaginen, no dejé de hacer mis experimentos dramáticos, pero ya con una intención más original, y fue así como alrededor de los 12 ó 13 años escribí mi versión de La dama del alba, de Alejandro Casona, de la que sólo tomé la idea de la muerte para dramatizar una historia distinta a la que intitulé La dama del clavel azul. Quedé tan encantado con mi resultado que ahí voy de ingenuo a meterla en el Premio Nacional de Dramaturgía (México), de lo que (para no variar) no dije ni pío a mi familia (no sé qué de pudor tenía en mi infancia y adolescencia con respecto a compartirles estas intentonas; supongo que el temor al ridículo del fracasar, vayan ustedes a saber) y del que me quedé con la fantasía de los laureles. Van ustedes a preguntarse que qué afán el mío de meterme en concursos literarios (eso sí, no a cualquiera; siempre le tiré a los peces gordos; les dije que era ingenuo, nunca que era estúpido) y la razón es clara y simple: para demostrarme que sí valía como autor, que sí tenía calidad, que sí era vocación lo mío y no, un sueño guajiro (que en México quiere decir: sueño fuera de la realidad), así como por el ansia de notoriedad (tan adolescente, ¿verdad?). Para esta época, podía también acceder a representaciones teatrales en televisión y a un experimento que duró algunos años con excelentes resultados, en el canal de televisión cultural que por mucho tiempo fue único en México (Canal Once, perteneciente al Instituto Politécnico Nacional), llamado “Teatro en atril”, en donde actores mexicanos de primera línea, interpretaban teatro sin escenificar con la mera inflexión de sus voces. Mi asistencia al teatro en vivo era muy esporádica, pues en casa el horno no estaba para bollos y había otras cuestiones qué solventar.

Para esta época de mi vida, veía a la dramaturgia como mi género por excelencia y pensé en que había llegado a casa. Fue tanto así que, a la hora de determinar la carrera universitaria por estudiar, la Licenciatura en Literatura Dramática (en la Facultad de Filosofía y Letras, de la UNAM) fue una opción que consideré con seriedad. No obstante, si han tenido tiempo ocioso como para leer mi perfil aquí en el blog (El Poeta), ya sabrán que no terminé ahí.

De vuelta a lo que les platicaba en párrafo anterior sobre mis experimentos más formales de teatro, me gustaría terminar este post comentándoles que un juego de roles, que buscaba desarrollar la defensa de argumentos contrarios y afines, usado en mis clases de español del penúltimo año de mis estudios primarios, me inspiró para escribir una nueva pieza teatral de temática apocalíptica, en donde un grupo de personas disímbolas por su educación, nivel social y ocupaciones, terminaba en una cueva (como únicos sobrevivientes de una catástrofe en el planeta), debiendo determinar entre ellos a quienes salvar para que pudieran huir de la Tierra, por desaparecer, y fundar así en otro sitio estelar una nueva civilización. Tras terminarla, sentí que casi me había sacado el premio Pulitzer (si hubiera existido en México) y me convencí de que lo mío era ser dramaturgo. El tiempo me hizo revisar estos experimentos, así como aquella reinterpretación molierística de que ya les hablé, para darme cuenta de que estaba muy lejos de considerarme un dramaturgo (por lo menos de lo que yo sentía que debía ser un dramaturgo, a partir de los maestros a los que había absorbido y que seguía absorbiendo), por lo que estos ejercicios pasaron por el drama de la destrucción definitiva.

El destino no echaba aún su última tirada de dados y eso es algo sabrán en una próxima entrada de este blog.

D.R. © Ernesto Cisneros-Rivera. 2017
Ciudad de México
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7 comentarios

  1. ¡Te felicito por tanto experimento y exploración! Esa exploración salvaje y apasionada, que me da a mí que sigue intacta en ti, es el mejor caldo de cultivo para la creación. A veces lo que se nos queda impregnado de una experiencia es lo que desencadena una creación (literaria, musical, personal…) años después, incluso cuando en su momento no nos dimos cuenta de aquella influencia. Ese punto de “locura”, si me permites llamarlo así, hay que mantenerlo vivo, para que siempre podamos desviarnos un poco del camino a ver qué encontramos, ¿no crees? Un abrazo!

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    • Por supuesto, Óscar, y me ha encantado la forma en que lo has descrito. En efecto, desde esta forma de enfocarlo no cabe duda que soy un “loco”. Así funciono. es una efervescencia que siempre me ha acompañado, pero que en algunas etapas de mi vida se ha mantenido detenida hasta que llega el punto en que ha de salir o explota. Por ello, desde hace 10 años que volvió a resurgir ha sido de manera indubitable y para ya no detenerse más. El paso de este tiempo y las experiencias literarias vividas en este lapso han fortalecido a esa locura, a esa efervescencia. El decidirme a tener presencia autoral en línea fue el parteaguas que me ha traído hasta aquí y que confío en que me llevará hacia donde deseo llegar como escritor.

      Nos seguimos leyendo y te agradezco por tan estimulante comentario. Un abrazote muy fuerte, Óscar.

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