De cómo llegué al drama y otras cuestiones relativas

La dramaturgia y yo nos cruzamos in illo tempore, cuando vi la primera representación teatral en mi lejana infancia. Aunque el recuerdo es vago, lo poco que rememoro es que era alguna obrita de corte infantil. En sí, lo que nunca he olvidado es el impacto que hizo en mí y el regusto que me despertó desde entonces. Con el paso del tiempo, el escuchar radioteatros y radionovelas, sustentó este placer por el arte dialogado y el ver más teatro, ya de carácter más formal, tanto vía transmisión televisiva como en escenario, terminó por capturarme para siempre. La magia del teatro escuchado despierta la imaginación al máximo (y más en un niño) y esa magia cristaliza al asistir al ritual religioso que es la escenificación (porque bien lo ha aseverado el gran director, escritor y teórico teatral mexicano, Luis de Tavira -palabras más, palabras menos-: “El teatro es el acto religioso, el acto fundacional de todas las religiones.”): desde la entrada al foyer hasta el paso hacia la sala, el telón cerrado, la oscuridad paulatina, el silencio expectante, la apertura o alzada del telón, y de pronto ante la vista, algún trozo de vida en la que se nos permite inmiscuirnos. Recibir las voces de los actores, con todas sus inflexiones, su gestualidad, el vestuario, el juego lumínico, la escenografía, la música (si la hay), el telón final, los aplausos…en fin, un acto mágico al que es difícil oponerse. Ya podrán entender lo que todo esto afectó la mente inquieta e imaginativa de un niño.

Las cosas se afianzaron cuando tuve los primeros textos dramáticos en mis manos, y que ustedes ni idea tienen de cuáles fueron: Las tragedias griegas de Sófocles, Esquilo y Eurípides. Y ahí tienen ustedes al mocoso de 8 años sumergiéndose en Ajax, Las troyanas, Antígona, Edipo rey, la Orestíada… No sólo me conformaba con leerlas, sino que lo hacía en voz alta, tratando de representar con mi voz todos los diálogos, buscando vivir cada historia, dejando que mi imaginación se entretuviera con las escenificaciones y vestuarios (pues nunca me llamó el representar en vivo lo que leía, como sé que a tantos niños fascina). A poco me encontré con las comedias de Aristófanes (ya supondrán lo que me sorprendió el desparpajo con que el comediógrafo griego manejaba las cuestiones sexuales en muchas de sus obras) y con Moliere. Y fue Moliere quien terminó por empujarme a pasar de la mera lectura “representada” a la escritura de teatro. Mis inicios creativos en la dramaturgia fueron parafraseando, de alguna forma, las obras leídas y fue así como alrededor de los 8-9 años, me lancé a escribir mi primer obrita que fue una comedia a lo Moliere, y que titulé Las timideces de Tímida Temor, que a grandes rasgos trataba de la sirvienta de una casa rica (Tímida Temor), que se caracterizaba por su franqueza y por decir las verdades de las personas a su alrededor, con lo que tanto su nombre y apellido, así como el título de la comedia, eran mera ironía, porque el personaje ni era tímido, ni tenía temor, ni mucho menos se cortaba ante nada. A mí me dejó muy satisfecho (recordemos que tenía alrededor de nueve años), y se convirtió en una lectura más, representada en voz, pero que en esta ocasión había salido de mi ingenio (bastante inspirado por las obras leídas de uno de los grandes).

Haciendo un pequeño desvío en este camino (aunque viene mucho a cuento), es por este mismo periodo que (en apariencia de la nada, pero esa nada no era más que genética y la corroboración de que los fetos captan mucho del mundo exterior en el seno materno) surgió mi devoción por la ópera. (Sí, ya sé lo que se están pensando: “¡Qué lindo!, ¿pero que carajos tiene esto que ver con tu vocación dramatúrgica y con este post?”) Lo tengo presentísimo, 1969, se iba a transmitir por televisión, en domingo por la tarde, una ópera grabada, y rogué a mi madre para que me dejara verla, pues tenía una imperiosa necesidad de hacerlo. (Y aclaro, no se escuchaba ópera en casa desde hacía varios años y en sí, ni mi madre ni mis hermanos eran especialmente aficionados a ella, aunque tampoco le hacían el asco.) Mi madre no se decidía porque implicaría desvelarme y al día siguiente tocaba madrugar para ir al colegio; pero aquí entró la mediación de mi hermano mayor, Arturo, quien sugirió a mi madre que me diera el permiso, pues era probable que no aguantara espectáculo tan “pesado” para un escuincle. (Sí, es palabra mexicana de origen náhuatl, así que mis queridos lectores, jejeje, les toca averiguar qué quiere decir.) La sorpresa que se llevaron fue mayúscula, pues no sólo no me aburrí y me soplé toda la representación, sino que al domingo siguiente repetí la hazaña y desde entonces me volví en algo más que un melómeno del arte lírica. Ya nada más para el anecdotario, mis dos primeras óperas fueron verdianas (sólo que eso sí, no recuerdo el orden en que las vi, para qué les miento): El trovador y Rigoletto. (Y sí, siguen con la misma pregunta anterior…) Este periplo musical vino a cuento, porque no olvidemos que el origen operático fue el de hacer un teatro musicalizado (allá por el siglo XVI), partiendo del principío de que la tragedia griega era semicantada. Así que mi necesidad y regusto por la ópera fue un refuerzo más de mi vocación dramática. (Cabe nomás aclarar que en casa, el operómano de hueso colorado era mi padre y que, aparte de asistir a las representaciones, gustaba mucho de oir ópera, y durante mi embarazo fui expuesto sobremanera a la música de concierto, a la ópera y a otros géneros musicales, por lo que junto con mi vena musical genética, se conformó en mí este particular gusto. Lo demás para qué se los detallo, ya que es fácil de comprenderse.)

Y por ahora me detengo aquí, pues me percato de que queda algo de trecho por platicarles (otro mexicanismo que me delata, ¿verdad?). Así que ¡agur!

D.R. © Ernesto Cisneros-Rivera. 2017
Ciudad de México
Creative Commons License
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9 comentarios

  1. Qué hermosa historia, Ernesto, yo tuve que educar mi oído para escuchar primero y luego ir a la ópera. Luego ya no perdía obra en las temporadas de ópera de San Francisco… Me ha gustado mucho leerte. Gracias por darnos a conocer cómo llegaste al drama. Preciosa historia. Un fuerte abrazobeso.

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  2. Admirables inicios en la dramaturgia, amigo Ernesto. Nada menos que sumergido en las obras clásicas. Gran mérito es leer a esos autores con sólo 8 años. Y también sorprende, para bien, que con esa edad disfrutaras con la ópera. Supongo que eso forja el carácter y coloca unos magníficos cimientos para el ser de un escritor. Una vez más, gracias por compartir con nosotros tan sustanciales recuerdos que explican una vocación.
    Recibe un fuerte abrazo.

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    • Fui un niño peculiar, pero porque básicamente viví y crecí en un mundo de adultos, sin niños a mi alrededor, fuera de mis compañeros de colegio. Eso contribuyó (más otras circunstancias personales de mi vida) a que mi desarrollo infantil escapara a lo habitual para cualquier niño.

      Gracias por tu apoyo y presencia siempre generosos, Pepe. Nos seguimos leyendo y vaya un gran abrazobeso fraterno desde este lado del charco hasta el otro.

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