Cómo caí en la poesía

Mi primer contacto consciente con la poesía fue el mismo que para todos (o casi todos) los niños, a través de las rondas infantiles (algo tan bello que es un intangible en extinción en esta era tecnológica). No obstante, eso no me convirtió en poeta; más que obvio el aclararlo. La poesía volvió a entrar en mi vida unos cuantos años después, ya sabiendo leer y escribir, cuando mi madre me hizo en mi cumpleaños número siete uno de los regalos más hermosos que hubiera recibido antes y después: cuatro tomos de gran formato, en edición de lujo, dedicados (cada uno) a Las mil y una noches; Antiguas fábulas hindúes; Cuentos, de Andersen y Cuentos, de Grimm. El primer y cuarto volúmenes, dentro de varias de sus narraciones y como parte de las tramas, incluían algunas estrofas rimadas. Fueron los primeros libros de mi entera propiedad que se convirtieron en un tesoro, el cual sólo dejará de acompañarme el día que trascienda (sin tanta poesía, el día que me muera, pues). Su lectura y relectura; así como mi recreación constante en sus bellas ilustraciones al gouache, de mano del afamado ilustrador checo Jiří Trnka; me acompañaron por mucho tiempo, y sólo se interrumpieron con mi acercamiento voraz hacia nuevos textos. Sin embargo, esto tampoco me llevó por el derrotero de la lírica, aunque sí de la narrativa, pues casi fue instantáneo el que comenzara a escribir desde ese séptimo año de vida cuento y novela (algo que no detallaré aquí, porque no interesa a este blog). Mi tercer enfrentamiento con la poesía, cuando de alguna manera podría decirse que caí en ella o, quizás, que ella cayó en mí, fue cuando heredé de mis hermanos mayores una hermosa colección de siete libros traducidos al español de una serie original en inglés de textos literarios creados en específico para niños, y donde se entremezclaban por igual relatos, fábulas, noveletas y poemas. Estos últimos eran de corte neto infantil y cantaban a la naturaleza, a la vida en el hogar, a la vida infantil, a los juegos y vicisitudes de cualquier niño, y a temáticas afines. Hasta donde recuerdo, cada tomito tenía su propio autor y lo que todos compartían era su empastado duro, su fina edición y sus hermosas ilustraciones. La relectura de varios de esos tomitos, en especial del dedicado a la poesía (o es probable que fueran dos, no lo recuerdo bien pues hace muchos años que dejaron de estar en mi biblioteca) despertó o despertaron en mí la inquietud por ensayar mis propios poemas, tomando como inspiración aquéllos que había leído y que me habían impactado por alguna razón (sin por ello haber hecho, por decir, una paráfrasis lírica de los originales).

Llegué así al punto de armar un poemario de medianas proporciones, el cual (dentro de la osadía irreflexiva de un niño de diez años) decidí pasar del manuscrito a la máquina de escribir, completando la transcripción a dos dedos, con mucho cuidado, en un original y tres copias, para meterlo al ¡Concurso Nacional de Poesía Aguascalientes! Seguí todas las indicaciones de la convocatoria que había descubierto en el diario que llegaba a casa, rotulé el sobre, metí los originales en sendos folders a donde los engrapé, y sin enterar de nada de esto a mi familia, lo eché al correo con la ilusión de obtener el galardón. Han pasado algo más de cuarenta años de aquel suceso y aún sigo esperando respuesta y ese galardón (supongo, que ya debería olvidarme de ese asunto, ¿no?). Sobra decir que el jurado de ese entonces a quien se repartió mis ejemplares (firmados con seudónimo, como exigían las reglas del concurso) deben haber tomado como burla o chanza eso que tenían en las manos. Aquellos pininos míos dentro de la poesía no pasaban de ser pequeñas historias pseudorimadas y pseudoversificadas, que en la ingenuidad de mi edad, me hicieron pensar que tenían algún valor estético. Supongo que no es necesario que me explaye más al respecto.

Las cosas se me pusieron en claro, cuando topó en mis manos una edición española de la Divina Comedia, y cuando encontré varios otros ejemplares poéticos (muchos de ellos dedicados de puño y letra de sus autores a mi padre) de vates yucatecos (entre ellos el único poemario editado en vida de mi tío Emilio Cisneros Canto, hermano menor de papá y uno de los poetas yucatecos más interesantes e importantes de la primera mitad del siglo pasado) más, poco después, los textos poéticos originales o traducidos de los hermanos Machado, Edgar Allan Poe, mi sensei Federico (¿Acaso será necesario que les indique los apellidos, cuando Federico sólo ha sido uno dentro de la lengua española?), la Ilíada, la Odisea, Mío Cid, las rimas de Bécquer, Rubén Darío, Manuel Gutiérrez Nájera, y etcétera, etcétera, etcétera. Así fue como comprendí lo que era poesía y lo divagado que andaba yo dentro de ella. Mi último intento, que logró cierto éxito (por decirlo así), fue con un par de poemas, algo más pensados, los cuales junto con uno o dos cuentos (ya no lo recuerdo bien), fueron compartidos el domingo 12 de mayo de 1974, a las 11 de la mañana, en Radio Universidad (estación dependiente de la Universidad Nacional Autónoma de México) dentro de la emisión de un famoso programa infantil que alcanzó varios años al aire, a cargo de la escritora costarricense Rocío Sanz (donde se nos compartía a los niños oyentes cuentos, mitos, música, canciones y poesía: todo en lengua española), llamado El Rincón de lo Niños. Después de esto que fue mi primer incursión pública en la literatura y con la que fui reconocido, entendí que la poesía no era algo para mí y me enfoqué por completo a la narrativa (cuento, novela) y a la dramaturgia. Sobre ésta, ya compartiré en su momento, con ustedes, el comentario correspondiente. Lo de la narrativa es tema para otro espacio; no, para aquí.

Así las cosas, me quedé como mero lector de poesía y conforme fui madurando como ser humano, me quedé en la convicción de que no sería capaz de crear algo de mediana valía dentro de este género. La decisión que creía definitiva, cambió de manera radical varios años después, al caer en la cuenta de mi situación particular con respecto a la creación poética. Pero esto, será pretexto de otro testimonio.

D.R. © Ernesto Cisneros-Rivera. 2017
Ciudad de México
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12 comentarios

  1. Ernesto, no sabes cómo y cuánto te comprendo con respecto a tus confesiones poéticas. Y sin duda eres y sientes como poeta, el ser reconocido es otra cosa, pero sé que lo eres y para muestra un botón… Me ha encantado leerte y me he sentido identificada contigo, en ese amor a los libros desde la infancia. Yo coleccionaba los cuentos famosos de Calleja en pequeños formatos y luego algunos que tú mismo mencionas… Las primeras lecturas siempre son nuestras referencias, sin duda. Gracias por traernos con gran acierto tu caída en la poesía y cómo la poesía también te escogió a ti… En cuanto a los concursos literarios… mejor no hablar. Mi abrazobeso y mi cariño.

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    • Gracias, Julie. Y esos primeros cuatro libros los conservo como oro molido. Son de una editorial española (Queremón) que entiendo que se dedicaba a editar libros para niños en gran formato y a todo lujo. El amor por los libros me fue inevitable pues en casa los había a raudales y tanto mis hermanos como mi madre leían mucho. Mi papá era un gran y variado lector (aunque no me tocó constatarlo ya). Por otro lado, siendo un niño solitario, por la diferencia de edad con mis hermanos mayores, y estando muy protegido de los “peligros” fuera de casa, fue también lógico que alguna parte de mi tiempo lo dedidcara a la lectura. En vacaciones, siendo niño, no pocas veces me desvelaba hasta la madrugada, leyendo en cama y acompañado de música en la radio. Dulces recuerdos, sin duda.

      En efecto, los concursos literarios son… Aquí en México, no es infrecuente que veas lo que han premiado y se cuestione uno cómo lee el jurado… o qué consigna hay.

      Hace muchos años, un escritor confesó en entrevista que en cierto tiempo, el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí, fue otorgado por el jurado en pleno a un escritor que concursaba y que sabían que estaba en la inopia. Su “alma caritativa” me pareció una burla para todos los concursantes al premio y un descaro, pues con “sombrero ajeno” (del erario mexicano, que es de donde salen los dineros para estos premios nacionales) hicieron su caridad…

      Me encantó leer tu comentario y las memorias tan dulces para ti que compartiste. Gracias también por la generosidad de tus conceptos hacia mi labor.

      Te mando enorme y siempre cariñoso abrazobeso, amiga.

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  2. Hermoso testimonio y puntual balance de tu entrada en el mundo de la poesía, que para cada uno es diferente, pero que suele ocurrir a corta edad. Tus pinitos literarios fueron realmente tempranos. Tu formación me parece bastante similar a la que otros hemos seguido, con las salvedades y precisiones que correspondan en cada caso. No en vano compartimos tradición.
    Ilustrativa y entrañable esta “caída tuya en la poesía” que tan excelentes frutos ha dado y dará. Un abrazo.

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    • Gracias por tus cálidas palabras. Tu comentario me cobija con la generosidad que siempre te distingue, Antonio. Y pues sí, parece que la primera decisión tomada hace tanto tiempo sobre mantener a respetuosa distancia la creación poética (a raíz de intentos tan poco satisfactorios y sí muy dignos de parar en la basura, que es a donde fueron a dar) fue un impresión precipitada. En próximo comentario platicaré cuándo y cómo cambiaron las cosas al respecto.

      Abrazobeso con mucho cariño fraternal.

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  3. Creo que sobra todo comentario sobre mi persona en este espacio tan tuyo, tan íntimo y tan confesional. Te doy las gracias por confiarnos como “caíste en la poesía” y por deleitarnos con tan magnífica prosa. Es un placer saber de ti, y leerte.
    Un gran abrazo, querido amigo. Buen fin de semana.

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  4. Me ha agradado mucho leer estos recuerdos que compartes con nosotros, Ernesto. A todo el que disfruta con la lectura y escritura desde la infancia es inevitable que un calor de simpatía recorra el estómago y avive el corazón de nostalgia y alegría. En mi caso la afición por leer y escribir desde que aprendí es algo un tanto incomprensible, totalmente instintivo y animal. Porque en mi casa no había ni un sólo libro. Mis padres apenas tenían los estudios primarios y no han leído libros más que en la escuela y a desgana. Los primeros volúmenes los vi en la escuela y los saqué prestados de la minúscula biblioteca que allí había (fueron “20.000 leguas de viaje submarino” y “Robinson Crusoe”, el libro de mi infancia).
    En fin, gracias Ernesto por este emocionante y entrañable ramillete de experiencias e ilusiones que nos has regalado. Y que son la forja de un gran escritor (por suerte retomaste la poesía con mano firme). Recibe un gran abrazo.

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    • Y lo encomiable es el desarrollar una capacidad innata, sin tener estímulos propicios en el entorno cercano, como ha sido tu caso, Pepe. En el mío, hubiera sido pecado en lo hacerlo al tener un entorno favorable.

      Bien lo sabemos, el lector y el escritor se forjan desde la infancia, para que su permanencia sea en tanto haya aliento.

      El recuerdo, además, de los primeros libros es siempre muy, pero que muy entrañable.

      Gracias a ti, amigo querido y generoso, por tus palabras, tu apoyo y tu presencia. Te mando un grande y cálido abrazobeso, Pepe.

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