Memorias de Arturo

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febrero 16, 2017 por Ernesto Cisneros-Rivera


En la madrugada de un 11 de diciembre de 1950, nació mi hermano mayor, Arturo, “Turich”, forma cariñosa que en Yucatán, México se aplica a los Arturos y que desde entonces le dio papá. En realidad, Arturo no fue el primogénito de mis padres, puesto que correspondió a unos gemelos que no llegaron a su término y que fallecieron poco más de un año antes del arribo de Turich, poniendo en riesgo de muerte a mamá. Tan grave fue el aborto natural de 5 meses que la sentencia para mi madre fue que no volvería a concebir… lo que la vida se encargó de desmentir luego.

Desde que recuerdo, Turich está en mis memorias. La cercanía entre él y yo, sin importar jamás los doce años de vida que nos separaban, fue firme, con sus altas y bajas, siendo ambos de temperamento fuerte, pero el lazo espiritual que nos unió hasta su partida fue imperturbable y se ha mantenido en luz y amor. Muerto papá, Turich decidió asumir responsabilidad formativa sobre mí y así se lo hizo saber a nuestra madre. Me fue guiando en mis inicios estudiantiles y me estimuló a responsabilizarme de mi hacer y quehacer, por lo que a una edad en que muchos niños todavía dependen de la supervisión de sus padres para hacer sus deberes escolares, yo ya era autónomo, Los resultados escolares hablarían (como lo hicieron) de si esa muestra de confianza y de si la formación recibida valían.

Aprendí de mi hermano mayor a gustar de muchas cosas y compartimos juntos (yo, niño y él, adolscente y joven, después) muchos intereses, lo que permaneció invariable hasta el final. A través de Turich, la herencia intelectual de nuestro padre pasó por completo hasta mí (su sistema, su forma de razonar, su actitud ante la vida, etc.) y sólo vino a reforzar lo que traigo ya por herencia genética. Siendo el hijo que menos pudo convivir con papá, tanto Arturo como mi madre afirmaban que era el hijo que más gestos, más actitudes y más comportamientos de papá presentaba.

Durante un buen lapso de mi niñez, Turich y yo compartimos habitación, en mi juventud primera nos tocó volver a hacerlo, y hacia el final de su vida volvimos a vivir juntos. Después de nuestra madre, fue el otro miembro de mi familia que aplaudió con generosidad mi labor creativa y mi inquietud intelectual. Todo lo que sé de filosofía y de física, fue labor de mi hermano; y todo aquello en lo que él era sabio me lo compartió sin tapujos, así como yo le correspondí con los conocimientos que domino y que él procuraba menos. En otras cuestiones, él tenía sus intereses y yo, los míos, pero antes que originarnos una diferencia, nos regalaba complementación. Turich fue quien me enseñó a jugar ajedrez y aún recuerdo con cariño las tardes de mi niñez en que nos entreteníamos con nuestras partidas. Lo que vio en nuestro padre del trato hacia sus hijos, fue lo mismo que aplicó conmigo, así que desde pequeño supe lo que era recibir el respeto y la consideración que los mayores deben a los niños, y aprendí que era una persona pensante, sin importar la edad que tuviera. En varias ocasiones, antes que regañarme por haber actuado inadecuadamente, Arturo se esperaba a que recibiera las consecuencias de mis acciones, claro está que sin llegar las cosas al extremo, y ésas son las lecciones que jamás he olvidado.

Turich y yo acabamos compartiendo el gusto por las mismas series televisivas, el mismo tipo de películas y así como aprendí a compartir cosas específicas de su gusto, él siempre accedió a hacer lo mismo con las mías. ¿Qué añoro? Las reuniones cotidianas de familia (mi madre, mis hermanos y yo) en los tres alimentos, donde platicábamos, broméabamos y nos regalábamos atención y cariño; la convivencia ante la televisión, disfrutando y comentando lo que veíamos, o escuchando música y tertuliando cualquier tarde. Turich y yo podíamos sostener deliciosas y nutritivas charlas sobre temas profundos, compartiendo nuestras reflexiones al respecto; recordar tantas cosas de nuestras vidas, de nuestra familia y de nuestra parentela; así como llorar de risa por cualquiera simpleza que sólo a él y a mí nos podían hacer reir.

Sus últimos años de vida fueron difíciles y culminaron en el mismo cáncer pancreático que nos arrebató a papá. El sábado 19 de enero de 2013, Turich pudo trascender para reunirse en el círculo de luz y amor junto a nuestros padres.

Si algo pudiera describir del trato de Turich hacia mí sería: paciencia, cariño, ternura y reconocimiento. Estuvimos juntos tanto en los buenos momentos como en los infiernos que a cada uno nos tocó pasar. Siempre nos recibimos como somos y lo que alguna vez me dijo, cuando le compartí mi orientación sexual, dice todo de su íntima esencia humana: “Eres el Ernesto con la mente, el espíritu y los sentimientos que siempre he conocido y querido, y eres mi mejor amigo.”

D.R. © Ernesto Cisneros Rivera. 2017
Ciudad de México

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Memorias de Arturo by Ernesto Cisneros-Rivera is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 México License.
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18 pensamientos en “Memorias de Arturo

  1. Raúl Fuentes R. dice:

    Estimado Ernesto nuevamente tu narrativa de tus recuerdos familiares, me han hecho saber episodios de tu vida la cual admiro cada vez mas. además que tu prosa es tan ligera como profunda que desde la primera palabra sigo la lectura hasta el final con gran emoción y admiración.

    Te mando un fuerte abrazo.

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  2. Me encanta la realidad, la frescura y la sinceridad de tu relato. Besos a tu alma.

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  3. Cada vida es un mundo.
    Gracias por compartir tus recuerdos.
    Ahora ya forma parte de todos, aunque no lo conocimos.
    Y eso es una especie de vida.
    O no…

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  4. Una semblanza conmovedora, como todas las que has dibujado de los miembros de tu familia. Y sin duda verdadera porque el impacto emocional llega al lector. Un abrazo.

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    • Gran elogio para el esfuerzo realizado, frater. El mejor reconocimiento que me regalas siempre tan generoso.

      Sin duda, Arturo fue no sólo hermano, sino el compañero con quien podíamos compartir todos nuestras inquietudes intelectuales y espirituales, libremente.

      Abrazobeso cairñoso, enorme y cálido, cher Antonio.

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  5. themis t. dice:

    Hermoso relato, un abrazo grande

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  6. Dicen que cuando uno alcanza determinada edad -y me incluyo- sentimos la necesidad de retrotraernos al pasado con una intensidad tal, que nos empuja a escribir sobre ello. Personalmente lo hice hace unos años, escribí sobre mi familia, sobre mi ciudad… en una especie dejar constancia de los recuerdos y sentimientos, antes de que mi mente me pudiera traicionar.
    Estas memorias, que con tanta dignidad y amor has escrito y escribes de tu familia, tienen el enorme valor de publicarlas; creo que tu corazón necesita compartir con otros corazones afines lo que ha sido la esencia de tu vida, Ernesto, y rectificarte en lo que eres hoy, conjunto de todos ellos.
    Gracias una vez más, querido amigo.
    Abrazobesos con todo mi cariño.

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  7. Me ha pasado que te he puesto un comentario y me ha desparecido de pantalla cuando di a enviar. Hago la prueba con este otro.

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  8. José Carlos Mena dice:

    Muy bueno, me ha gustado mucho. Un cordial saludo y feliz semana

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