Una dama primera: María Guadalupe Rivera Chávez (I)

En las primeras luces del martes 2 de enero de 2007, con el suave bamboleo de un cálido Océano Pacífico, en un muy íntima y sentida ceremonia, las cenizas de una mujer excepcional fueron lanzadas al agua azul acero para integrarse a la creación universal, a la libertad absoluta y a la única verdad: la de la luz y el amor.

María Estéfana Guadalupe Rivera Chávez, 1923.

María Estéfana Guadalupe Rivera Chávez al año de edad (1923).

85 años atrás, a las 4 de la tarde de un lunes 2 de enero, la historia de una dama especial comenzó a escribirse en la pequeña ciudad provinciana de Puruándiro, en Michoacán, México. Las características tan peculiares de su núcleo familiar ya eran suficientes como para hacer excepcional a alguien, sin que se necesitaran rasgos personales únicos para convertirla, no obstante, en una mujer fuera de serie (lo que, en este caso, además se dio). Primogénita y única mujer (con todo el peso psicológico y emocional que esto implica) de doce hermanos, de padres que se forjaron a sí mismos y que compartieron sendas historias de una niñez dura e injusta (huérfana de padre y entre manos ajenas) las cuales redundaron en un padre -don Fortino Rivera Navarro- todo bondad, soñador, creativo, aunque débil de carácter, y en una madre -doña María de Jesús Chávez García- recia, dinámica, pragmática y poco dada a las concesiones (hijos ambos, a fin de cuentas, de una cultura decimonónica basada en la rigidez y obediencia absoluta, en el mandato antes que en el diálogo).

Fue en este ambiente familiar tan tradicional; donde se privilegiaba el derecho y libertad masculinos por encima de los femeninos; que comenzara en condiciones económicas estables (las cuales fueron mermando su bonanza sin poder jamás recuperar la estabilidad); en el que los temperamentos y visiones de vida de madre e hija con frecuencia eran contrarios, en tanto que los del padre y la hija se complementaban (creando por siempre un lazo espiritual y afectivo firme y sólido); fue el ambiente en donde nuestra homenajeada tuvo que luchar de manera continua para salvar, desde sus primeros años, un espíritu rebelde natural a su esencia libre, veraz, racional y justa. En este ambiente, pues, fue que María Estéfana Guadalupe, nuestro personaje, dentro de las limitaciones propias de su época, se fue forjando para irse mostrando como la niña-adolescente-mujer fiel a su generación (la de todas esas mujeres nacidas entre 1910 y 1930 que se rebelaron para no seguir sujetas a unas imposiciones culturales tiránicas que las limitaban en el pensar, el sentir y el hacer, que las alejaban del saber y las coartaban en su libertad como seres humanos).

María Guadalupe Rivera Chávez, 1926.

María Guadalupe a los cuatro años de edad (1926).

Primero, se rebeló contra un rígido sistema de normas restrictivas e ilógicas que sólo buscaba perpetrar un status quo trasnochado para el tiempo (el del colegio manejado por religiosas españolas, donde cursó sus primeros estudios primarios), para depués hacerlo contra una fe (la católica) basada en el temor y la coerción emocional y psicológica, la cual se reducía a ritos ininteligibles, repetitivos y fastidiosos (en especial, para la mente inquieta de un infante). (Esta rebeldía la habría de acompañar toda su vida, sobre todo, al cuestionar siempre la falta de congruencia entre palabra y acción de una creencia religiosa -impuesta a sangre y espada-, sin por ello afectar su intuición profunda del Ser Supremo, en el que siempre creyó, y al que también siempre cuestionó cuando su mente tan racional no alcanzaba a comprender la injusticia y el dolor del mundo en que le tocó vivir por 84 años.) Más tarde, habría de rebelarse contra el trato y consideración desventajosos, para su condición femenina, frente a los recibidos por sus hermanos (dentro de su núcleo familiar); para terminar por manifestar su más fundamental rebeldía: aquélla contra la falta de comprensión y apoyo, por parte de sus padres, hacia su visionaria forma de sentir, pensar y pretender actuar. María Guadalupe; junto a ese ímpetu de lucha; poseía una brillante inteligencia lógica y analítica basada en un espíritu pleno de amor y generosidad, observador, inquisitivo, reflexivo, que inclusive contenía un innato y sólido sentido de la moral humana esencial (preclara intuición del bien, el mal, lo correcto, lo incorrecto, lo justo, lo injusto) y un profundo respeto por la libertad. Por muchos años, los únicos medios para poder alimentar y fortalecer estos dones fueron la lectura, el cine y la cercanía afectiva y espiritual con las tres personas que tanto marcaron su vida: su padre don Fortino, su abuela materna, doña María García Montaño y su tío abuelo materno, don Jesús Chávez Díaz.

Los cambios radicales en el acontecer político, económico y social del México de su niñez y preadolescencia (el Maximato, la Guerra Cristera, el pseudosocialismo cardenista, etc.), envueltos además en un ambiente social y familiar de temor e ignorancia, afectaron para mal a la niña y la llevaron a truncar sus estudios primarios (en 1930) y a vivir los siguientes cuatro años de su vida recluida en casa (en palabras suyas: “en un tiempo perdido de encierro”), ayudando en el cuidado de sus hermanos y aprendiendo todas las labores obligatorias de una mujer decente y de bien; todo lo cual ella aborrecía y que sólo la motivara a pensar que nunca se casaría, que nunca tendría hijos, y que jamás se encerraría entre esas cuatro paredes que (para las generaciones de su madre y sus abuelas) se llamaban hogar. No obstante esto y todos los obstáculos que siguieron, su alma generosa y amorosa (que siempre prevaleció sobre cada decisión tomada a lo largo de su vida), más su apego a la solidaridad y a lo justo, en vez de fomentar rencor y distanciamiento hacia su familia, la enseñaron a ver, entender y aceptar a los suyos con sus defectos y virtudes (sin por ello, claudicar de su intuicion moral ni someter la verdad ante lo ilógico, lo incorrecto o lo inmoral o amoral).

Estaba por llegar 1935, año que, a pesar del cambio tan insignificante que produjo en su vida (según pareció en ese momento), terminaría por impulsar a María Estéfana Guadalupe Rivera Chávez hacia un nuevo sendero.

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Medio siglo

Hoy día ya no representa una hazaña abarcar medio siglo de vida; la expectativa es mucho mayor. Sin embargo, sí representa todo un trayecto que abarca rostros, afectos, ausencias, aciertos, fallas, logros, esfuerzos, aprendizajes intensos y continuos, así como la terrible responsabilidad de haber dejado huella, para bien o para mal, en la vida de muchos otros con los que nos hemos cruzado en el camino, ya sea para seguirlo juntos por un trecho largo o corto, ya sea para continuarlo desde tiempo atrás a la fecha, ya sea para andarlo en direcciones opuestas.

Al final, quedan las manos colmadas, pero no de objetos materiales sino de intangibles. Pocos, muchos, es de lo que se rinde cuentas en esta primera meta.

Se mira para atrás y sólo quedan los recuerdos. Se ve hacia adelante y el panorama es más real, menos idealizado.

Se comprende mejor lo que es vivir, se afianzan los principios que siempre nos han acompañado y sólo permanece fiel todo aquello que de fijo nos es esencial, de verdad, lo esencial.

Se aprende a agradecer todo, pues los momentos felices se entienden como respiros para el espíritu y los pesados, como el estímulo para forzar a la razón a resolverlos con sabiduría.

Es poco lo que en realidad se requiere y eso es el amor, en su sentido más puro y pleno, tanto el dado como el recibido, con lo que la felicidad auténtica queda garantizada.

A cambio, muchas han sido las bendiciones recibidas; la principal: la feliz capacidad de poder comunicar mi pensar, mi sentir y mi hacer con la palabra; capacidad convertida en corriente fluir de gozo.

Por todo lo anterior, sólo importa que exprese mi amor profundo e invariable por Arturo y María Guadalupe, los únicos y mejores padres que jamás hubiera podido tener. Amor constante hacia mis hermanos Arturo y Gonzalo y sus respectivas familias. Amor hacia mi demás parentela, a mis entrañables amigos, y a mis tres hermosos gatitos (maravillosa lección de naturaleza).

Bien lo dijo hace más de 40 años en su himno John Lennon: All you need is love. Amén.

Domingo 1 de abril de 1962-Domingo 1 de abril de 2012

D. R. © Ernesto Cisneros Rivera. 2012.
México, D. F.

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Tránsito

Tan sólo se trata de cerrar los ojos
y penetrar en un mundo distinto;
dejarse perder en el tiempo y el espacio;
jugar con imágenes que reales fueron,
o que quizá jamás han existido.

¡Qué refugio tan sereno y feliz!
Respuestas a preguntas formuladas,
diálogos imposibles, cuasi mágicos,
reuniones de seres disímbolos,
reencuentros con los fieles amados.

Fuga hacia otras dimensiones,
razones por fin clarificadas,
grandiosas emociones libertadoras,
verdades, profecías, aperturas.
¡Qué descanso sencillo y leve!

Tan sólo se trata de cerrar los ojos,
perderse entre ensoñaciones y realidades,
entre infinitos mundos siempre presentes,
ignorados, desconocidos, poderosos…
Dulcísimo consuelo de suave fragilidad.

Te veo, me veo, los veo….. ahí.
Risas y llantos, memorias dormidas
que al fin despiertan del tonto letargo.
Es vivir y morir a un mismo tiempo,
perderse ligero y simple un instante.

Sombras iluminadas y claras,
luceros milcolor y parpadeantes,
sonidos armoniosos, palabras entendidas,
verdad que es remanso purificador,
misterios y apocalipsis.

Tan simple con cerrar los ojos y
dejarse ir en cálido silencio.
Respiración apausada e imperceptible.
Descanso en entrega total.
La paz, un milagro, ¡paz!

D. R. © Ernesto Cisneros Rivera. 2009.
México, D. F.

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Búsqueda

¡Qué terquedad me persigue incesante?
No acepto carecer de ti.
Me rebelo contra la vida misma.
Me eres indispensable para existir.

¡Ay!, sentimientos detenidos en oscuridad,
incertidumbre que los calla y ciega…
Te busco, te escapas, me rehuyes,
de tu presencia ninguna estela hay.

¿En dónde estás, por Dios, en dónde!
Soledad impuesta a un alma hambrienta…
Me detengo en el tiempo una fracción.
El espacio queda, por un momento, fijo…

Mi voluntad se tambalea ante el silencio.
¡Qué tránsito tan doloroso y cruel!
¡Ay!, ¿por qué te me niegas,
cuando eres esencial para vivir?

Parezco dar vueltas por un laberinto
del que nunca he hallado la salida.
No hay luz al final, ni camino.
Me resisto a terminar aquí.

¿Dónde te encuentras para salirte al paso?
¡Qué terquedad me impide desistir?
Es tortuoso el sendero andado en vano.
Mi pecho estallando está.

Desfallezco ante la inútil búsqueda.
El dolor y la tristeza me han invadido.
El cordial empieza a fundirse…
No creo soportarlo más.

D. R. © Ernesto Cisneros Rivera. 2009.
México, D. F.

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Tormenta

Palabras sueltas que inútil buscan
lazar ideas con el pensamiento,
en el torbellino de falacias y sofismas
de un mundo sordo y ciego.

Sonidos vagos que no logran formar
la sinfonía de sutiles armónicos,
por una oscura complicidad del caos
con el abismo insaciable de estruendos.

Gritos angustiosos de la víctima,
dispuesta para el sacrificio propiciatorio,
que se pierden entre el barullo de la irrealidad
y las preguntas sin respuesta.

Espectáculo para el hambre de la bestia
que insaciable engulle de un bocado la ofrenda,
mientras que los instintos se vuelven hábitos
en el universo contradictorio de la irracionalidad.

Bocas de lumbre que todo lo engullen,
ojos lodosos que absorben la luz,
hemorragias de heridas que hieden a gangrena
y espasmos continuos de energía que se va.

Y entre este fragor ilógico del universo
palidecen lentamente los últimos destellos
de la nostalgia por la rosa, la añoranza del silencio,
el grito a la vida y el llanto por la muerte.

Al final, terminada toda lucha,
ni un destello, ni un ruido, ni un mínimo aroma…
Tan sólo una intensa calma que se expande por el cosmos:
la profunda e infinita negrura de la nada.

D. R. © Ernesto Cisneros Rivera. 2009.
México, D. F.

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Tremor

No escucho más mi voz,
ni mis ojos atienden la luz.
Silencio ensordecedor,
imágenes ciegas.

Confusión, inquietud, desasosiego.
Tan sólo un leve tremor intermitente.

Tengo entumecida mi razón.
La lógica carece de sentido.
No sé, si aún hay dolor.
Ignoro. Perdido estoy.

Desasosiego, confusión, inquietud.
Tan sólo ese leve tremor intermitente.

Elijo escuchar el silencio en silencio.
Decido observar la oscuridad.
Sostengo el aire en suspenso.
El dolor ya no está.

Inquietud, desasosiego, confusión.
Tan sólo el leve tremor intermitente.

Insípidas lágrimas en mis mejillas.
Sensación agridulce en el paladar.
Sin inquietud ni confusión
ni siquiera el menor desasosiego.

Melancólico recuerdo con nostalgia.
Y aquel leve tremor… por fin, cesó.

D. R. © Ernesto Cisneros Rivera. 2009.
México, D. F.

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Felineses

FELIS

Majestuoso andar,
muy suave ronroneo,
ojos de ingenio.
Bello, amoroso y dulce;
ondulante agilidad.

EL GÜERO Y COCÓ

Menudita, juguetona y muy coqueta, Cocó era una hermosa gatita blanca de mirada azul cielo que sólo tenía tres debilidades: las galletas; los arrumacos; y el Güero, un gallardo gato de tono cobrizo y enormes ojos verde uva.

Una de tantas mañanas, mientras disfrutaba de tomar el sol en la hermosa terraza cubierta de rosas y geranios mil color, Cocó fue descubierta desde la casa vecina por el Güero; para quien posar su mirada sobre aquella adormilada beldad, ronronear un largo suspiro y enamorarse para siempre fueron una sola cosa. Así fue como empezaron primero los coqueteos a distancia, para luego atreverse el Güero a maullarle su amor a Cocó. La bella gatita no se mostró indiferente y terminó por aceptar la ronda del galán, hasta que el amor verdadero vino a anidarse en su corazón. A partir de entonces, el Güero vivió para Cocó y Cocó vivió para el Güero. De esa feliz reunión, sólo hubo tres retoños: Nino, un hermoso gatito blanco de dulces ojos azul cielo; Toby, un amoroso gatito cobrizo de grandes ojos verde uva; y Benny, un tierno gatito acanelado de intensos ojos verde mar.

D. R. © Ernesto Cisneros Rivera. 2009.
México, D. F.

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